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lunes, 10 de febrero de 2020

En Jovellanos: ¿El ocaso de un microzoológico? (Primera parte)




El reloj marca un poco más de las ocho de la mañana; sin embargo, la neblina se extiende todavía como un velo blanco sobre el municipio de Jovellanos. Muchos apuran el paso, pero no pueden evitar sentir una huella de humedad sobre el cabello, los abrigos…

Avanzo hacia el Consejo Popular Luisa y esta vez, desde lejos, a duras penas he logrado distinguir la entrada del microzoológico. Un poco más cerca, ya puedo divisar los detalles. La estrella inmóvil como un lamento perenne junto a los árboles; los raíles cubiertos por la hierba en varios tramos, soñando con el trasiego alegre de los vagones.

Algunos trabajadores pintan de blanco los bordes del camino, otros chapean… No obstante, pareciera que junto a los tiempos de esplendor de la instalación, se hubiesen marchado también los colores cálidos, dejando un tono grisáceo que se expande por doquier y opaca hasta la vegetación.

De pronto, Luis González Morejón, vecino de la zona desde hace más de 50 años, me cuenta que no siempre fue así, y emprende un viaje al pasado para evocar las risas de los niños en el parque, la cafetería ofreciéndoles helado, refrescos, dulces… El trencito dando vueltas, la estrella que parecía tocar el cielo en su rotación, los pinos que desaparecieron tras la furia de algún huracán, los múltiples ejemplares que se mostraban. “Mi padre participó en la construcción de los sitios donde se exhiben los animales, yo crecí aquí”, comenta con nostalgia en la mirada.

DE NEGLIGENCIAS Y OLVIDOS

Con una extensión de 4.8 hectáreas, este sitio resulta el que mejores condiciones reúne a nivel provincial para ejercer la función de microzoológico. Por ello, se torna doloroso comprobar el estado de deterioro que hoy lo envuelve. Más allá de las condiciones deplorables de los exhibidores, lo verdaderamente lamentable es la pérdida de la diversidad de ejemplares y la situación alimenticia que enfrentan los que permanecen en el recinto.


Solo quedan algunas variedades de aves, entre ellas la caraira; una jutía, conejos, tres monos verdes y un babuino; jicoteas, caballos, curieles; así como dos cocodrilos y dos leones, los cuales presentan la situación más crítica, por tratarse de carnívoros que demandan una alimentación diferenciada.

Según el criterio de jovellanenses que decidieron permanecer en el anonimato, los animales sobreviven gracias a la comida que le procuran los trabajadores, algunos moradores de la zona y visitantes. De esta forma, quienes laboran en esta entidad protagonizan hazañas.


Humberto Salgado Madan, administrador del microzoológico, afirma que solo recibe de forma esporádica “un poco de vísceras y huesos”, lo demás “son gestiones: pan, chícharo, sancocho”.

Por su parte, Noralys Valdés Macías, jefa del departamento de higiene y áreas verdes de la empresa municipal de Servicios Comunales, expresa que dicha entidad “contrajo deudas considerables, por lo cual se ve afectada la relación con los proveedores y no nos suministran lo que necesitamos”.

Hace poco recibieron un documento emitido por los órganos del Poder Popular y la Dirección Provincial de Servicios Comunales donde se define como asunto: “aseguramiento para garantizar el adecuado funcionamiento y manejo de los estándares y ejemplares del zoológico que pertenece al municipio”. El mismo orienta la contratación con diferentes empresas y desglosa detalladamente cuál debe ser la contribución de las mismas, según el requerimiento nutricional de cada ejemplar.

Sin embargo, Valdés Macías confiesa que estas indicaciones “aún no se ponen en práctica”.

Como expresara cierta fuente que no deseó que fuese revelada su identidad: “Este podía ser el centro ideal para la recreación de los más pequeños. Antes, al menos los domingos habían ofertas gastronómicas, culturales, en estos momentos hasta eso hemos perdido.

“¿Dónde está el sentido de pertenencia de quienes tienen bajo su encargo dicho espacio?, más allá de las carencias existentes se trata de un problema que requiere ocupación y preocupación. Dejarlo desaparecer no es la respuesta porque a pesar de su menoscabo la comunidad siente este sitio como suyo, lo que deseamos es verlo renacer”.

Sobre estos temas y los pronunciamientos de especialistas de la empresa provincial de Servicios Comunales acerca de los mismos, abordaré en la próxima entrega.

jueves, 27 de abril de 2017

Ciro Redondo y la lluvia que nos regresa al Che

Ciro Redondo y la lluvia que nos regresa al Che

Amanece y la lluvia se desliza entre la ceiba que custodia la plaza de Ciro Redondo para humedecer hasta el último de los recuerdos. Las gotas desafían las cortinas de sus ramas y se escurren hasta las manos de Pedro Camilo Troche Lorenzo, Otémero Meriño Perdomo y Oscar Álvarez Rodríguez. Entonces, de la piel curtida desaparecen las cicatrices. El ruido de la fábrica se vuelve silencio y las viviendas del poblado regresan a sus cimientos.

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Cerca de la ceiba, se levanta poco a poco la casa colonial y 165 hombres desandan el portal, contemplan el terreno… El viaje ha sido largo desde La Habana y, al fin, están en los predios de la antigua finca María Luisa en el municipio de Jovellanos.

Dijeron adiós a la escuela Camilo Cienfuegos, allá en la fortaleza del Morro, donde estos combatientes de la Sierra y el Escambray recibieron educación tras concluir la guerra. Fue en ese lugar donde presenciaron la visita de Ernesto Guevara quien les propuso marchar hacia la provincia de Matanzas. El propósito era fundar una unidad experimental en la cual las labores de autoabastecimiento serían la base para realizar investigaciones en los sectores agrícola y pecuario.

La finquita se llamaría Ciro Redondo, en honor al valiente capitán rebelde que pereciera en la invasión hacia occidente.

Es 11 de enero de 1962 y ahora comprenden la certeza de lo expresado por Guevara: “quienes se decidan a ir deben saber que será tan duro como la guerra”.


Tendrían que comer aquello que fuesen capaces de producir y criar, habría espacio para el estudio y una vez concluida la faena diaria, les esperaban horas de trabajo voluntario a fin de construir sus propias viviendas para reunirse nuevamente con los familiares que habían dejado en el otro extremo de la Isla.

No obstante, confiaban en el conocimiento del ingeniero Guillermo Cid, el “científico de manos callosas”, como lo catalogara el Che, pues conocía bien cómo extraerle los mejores frutos a aquellos terrenos.

Guillermo Cid

Transcurrieron casi seis meses durmiendo en el suelo, algunos en el piso de la casa colonial; otros, bajo la ceiba, o en el interior de una pequeña cueva.

los primeros edificios en levantarse fueron el laboratorio y  la escuela. Desde ese momento el licenciado Raúl Arteche, que había venido de la Universidad de La Habana, se encargó de la superación. Más adelante aparecieron la cocina comedor, el albergue, el almacén, la nave para el depósito de la producción, la fábrica de embutidos, de hielo, de vinos, quesos y aceites, la perfumería, el taller de maquinaria, la carpintería, la casita de las milicias y una cantina.

escuela

De igual forma, mejoraron la vaquería María Luisa, se crearon tres naves pequeñas para la crianza de pollo, se construyó la vaquería Satélite y se acondicionó una pista de aterrizaje que utilizaría el Che para sus constantes visitas en las cuales compartía las labores y hablaba de la importancia de forjar el hombre nuevo.

“Aunque viniera con su mujer y sus hijos dormía en el albergue. No quiso ningún tipo de privilegios. Una vez llegó a la cocina  después de que terminamos de comer arroz con frijoles carita y revoltillo y, cuando el cocinero le trajo una bandeja con carne, la llevó para adentro, pidió el mismo menú que nos habían dado y mandó a trabajar en la agricultura al cocinero por guataca”, comenta Álvarez a sus compañeros que no pueden evitar sonreír.

La esposa e hijos del Che visitaron en varias ocasiones la unidad experimental

En disímiles momentos lo vieron “volteando todo el lugar” sobre el caballo del antiguo dueño de la finca, el cual conseguía domar a pesar de su fama de genioso. El mismo Troche vio cuando uno de los de la tropa le dijo: “ustedes tienen tanta bulla con ese caballo y yo soy capaz de montarme y darle dos cuartazos. El Che se apeó y le contestó:- así que eres buen jinete, pues ven-. Aquel hombre montó, le dio dos cuerazos y de inmediato el animal salió corriendo solo dejándolo tendido en medio del cañaveral”.

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Sobre su montura el comandante recorría la comunidad que había ido creciendo poco a poco. Y había que estudiar, afirma Meriño quien describe el momento en que el Che se acercó al negrito apodado “Terraplén”, le preguntó cuál era su nivel de escolaridad y cuando este le dijo que era analfabeto, se disgustó mucho y el muchacho comenzó a llorar. Entonces, le puso la mano sobre el hombro, sacó un bolígrafo del bolsillo y le orientó al maestro Arteche -cuando aprenda a leer y escribir se la regalas en mi nombre-. Óigame, había que ver a Terraplén. Después de eso andaba con los libros para arriba y para abajo, se ganó la pluma y ¡mira que vino gente de todas partes a comprársela!, pero nunca la vendió”.

Ha llegado el 29 de marzo de 1965 y el Che arriba a la unidad agrobotánica experimental con el deseo de almorzar junto a los combatientes. De inmediato se colocan las mesas en la nave de cosecha. Las horas transcurren reviviendo pasajes revolucionarios, las columnas guerrilleras, las hazañas, las vivencias junto a Camilo, Almeida, Raúl, Fidel…

Al llegar el instante de regresar a La Habana, Álvarez ajusta todo para aprovechar el viaje y retornar a su hogar en Bauta, como lo hacía quincenalmente. Antes de ascender a la avioneta, el Che vuelve el rostro hacia el grupo reunido e indica: “siembren la pista de Pangola”.

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La orden suscita el desconcierto pues hacerla había costado largas horas de esfuerzo. “¿Será que el comandante bebió demás”, piensan algunos.

 Semanas después recibieron la noticia de que el guerrillero heroico, había marchado a Bolivia para seguir su vocación internacionalista y comprendieron que aquella había sido la despedida.
Ha dejado de llover. Pedro Camilo Troche Lorenzo, Otémero Meriño Perdomo y Oscar Álvarez Rodríguez contemplan los primeros rayos del sol que se escurren entre la ceiba borrando las gotas de agua. Poco a poco sus manos se secan y reaparecen las huellas dejadas por 79, 86 y 82 años.

Las fábricas de aceite, hielo, de vinos, quesos, la perfumería y el laboratorio ya no están. En medio de aquel sitio la Unidad Empresarial de Base Ciro Redondo funge como único refugio para la historia mientras las paredes de las viviendas se alzan como testigos del ayer.

A lo lejos se aprecia la estructura de lo que un día fue el albergue y la escuela que ya no guarda pupitres ni pizarras. Mientras, una sala de historia muestra el rostro risueño del ingeniero Guillermo Cid, la boda del hijo del  maestro Arteche y tantos combatientes que ya no están.

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Próximo a ella, se abre un sendero donde una señal indica dónde está enterrado el caballo impetuoso, dominado por el comandante.

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El portal de la antigua casona es sustituido por una plaza a la que se aproximan Troche y Meriño. Allí comparten memorias y no se arrepienten de haber venido a estas tierras.  Por eso cuando la nostalgia los envuelve, o lamentan que hayan desparecido muchas de las obras que ayudaron a construir, se acercan a las piedras que evocan su rostro y la imagen les recuerda cómo los hombres, más allá de dificultades y sacrificios, deben tener la mirada fija en las virtudes más altas.

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*Agradecemos a los especialistas del Museo Municipal Domingo Mujica Carratalá, la Asociación de Combatientes de Jovellanos y a los administrativos de la UEB Ciro Redondo por contribuir con la realización de este trabajo.

Amor multiplicado en la distancia

Cuando le preguntan por mamá y papá, el pequeño Hamlet contesta que “están trabajando lejos”, que montaron un avión e “hicieron ñiiiii...” ...