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miércoles, 13 de enero de 2016

Mi vida ha sido un siglo feliz

 De vez en cuando, el sábado por la mañana, cuando recorría el parque de Pedro Betancourt, me gustaba buscar entre los niños inquietos y la gente apurada en su ir y venir, el rostro de Tomasita.
Sentada en un banco, con su “carrito”, como le llama al andador que sirve de sostén a su paso gastado por el roce del tiempo, siempre tenía una historia guardada entre las canas.
Hace varios meses que no puede visitar el parque, pero ello no impide que se siente en el portal de su casa, frente a la línea del ferrocarril, a contemplar un fragmento del pueblo al que llegó en 1949.
A veces, habla con nostalgia de la finca Unión de Fernández, cerca del poblado de Agramontes, sitio donde nació en 1915, siendo la penúltima de siete hermanos.
“Tiene la memoria mejor que yo”, me comenta su hija, mientras Tomasa añade que para resistir el peso de los años es preciso alimentarse bien: “para mí no hay comida mala, ah eso sí, tengo mis preferencias, porque un buen arroz con leche no lo cambio por nada”.
Recorrer varias provincias de Cuba con un grupo de amigas a los 81 años, incorporarse durante cinco años al grupo de abuelas que realizan ejercicios, ser la primera en asistir a los guateques y los bailes en el Liceo, forman parte de sus peripecias pues está convencida de que la longevidad es un privilegio cuando uno descubre el secreto de mantener el espíritu joven.
Despacio, abre una cartera que guarda con cuidado y me muestra la fotografía de su esposo Amado, con la picardía de las adolescentes que suspiran ante el primer amor. “Fue un compañero maravilloso, soy dichosa por haberlo tenido a mi lado tantos años y formar juntos una familia”.
Acompañada por su hija se aproxima al portal, no sin antes peinarse y colocarse el abrigo nuevo. Entonces, toma mi mano, dice que en los próximos días quiere montar en un bicitaxi para recorrer nuevamente las calles principales de Pedro Betancourt, y me susurra con total seguridad, “mi vida ha sido un siglo feliz”.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Julio, el centenario de Guanábana



 
 “Vieja, hoy cumplimos 66 años de casados”-susurra al oído de su amada mientras acaricia sus cabellos. Sabe que ella no puede comprenderlo y que ha olvidado incluso su nombre, pero sigue siendo “su compañera, una parte de su propia alma”.
Es temprano. Recoge las tarjetas, su jaba de siempre y emprende el viaje habitual hacia la bodega en busca de la leche de los nietos. ¡Zamora, cómo está!, -¡Buenos días abuelo, ¿cómo amaneció hoy?... Con un gesto responde al saludo de los vecinos y se dispone a comprar de primero. “No hay nadie más viejo que yo en todo el pueblo de Guanábana, eso tienes sus ventajas”, comenta con una sonrisa pícara.
El almanaque anuncia que es 31 de agosto y a solo unas horas del primero de septiembre Julio Zamora Pérez rememora su nacimiento en el municipio de Martí, en el año 1915. El cálculo resulta simple, pero cumplir cien años de edad, es un privilegio que pocos disfrutan.
Con total lucidez narra que fue el cuarto de diez hermanos y que desempeñó numerosas responsabilidades: barbero, policía, fotógrafo… En la década del 40 se trasladó hacia Guanábana y desde entonces vive feliz, rodeado de sus hijos, nietos y ahora bisnietos y tataranietos. 
                      

Cuenta su familia que le apasiona la pelota, y siempre busca un instante para discutir con los jóvenes sobre el desempeño de los Cocodrilos matanceros.
Ah, eso sí, no le teme al trabajo, mantiene el patio chapeado y todavía realiza algunos trabajitos de carpintería, oficio que siempre le apasionó. Su expresión revela a un hombre culto, de experiencia y dice su nieta que en ocasiones la sorprende con alguna que otra frase en inglés.
Quienes lo conocen, comentan que cada vez que se acerca su cumpleaños, dice que será el último, pero su existencia no deja de tener ese brillo extraordinario que lo mantiene activo. Despacio, avanza por las calles, con su sombrerito y la espalda derechita, entonces sonrío porque tengo la certeza de que al igual que la Francisca de Onelio Jorge Cardoso, Julio es un vencedor en la batalla por la vida.

Amor multiplicado en la distancia

Cuando le preguntan por mamá y papá, el pequeño Hamlet contesta que “están trabajando lejos”, que montaron un avión e “hicieron ñiiiii...” ...